Dibujar y Robar

Dibujar y Robar, 2015

Dibujar y robar (bis)
1.
En Cali, en el barrio donde crecí, hay una casa de estilo colonial. La casa no
tiene nada de particular. Es una más de muchas construidas en los años setenta
que imitan la arquitectura colonial y que por esa época satisfacían los deseos
señoriales de ciertos sectores de la clase media emergente —en pocos años las
características formales de esos deseos se transformarían radicalmente, pero esa
es otra historia, sigamos; la parte inferior de los muros externos de la casa
habían sido enchapados con piedras de río. En realidad no eran mas que
guijarros ovalados de unos 3 a 4 cms. Sus formas eran regulares y habían sido
colocados de tal manera que su lado más largo era perpendicular al muro. Esta
era sin duda la manera más ineficiente de cubrir el muro, pero le daba al
enchape una sensación de profundidad que en realidad no tenía. Yo miraba los
diseños caprichosos que se formaban en las piedras. A veces veía su regularidad,
y a veces su irregularidad. Una superficie que era natural y artificial al mismo
tiempo. Claro esta es una interpretación que hago ahora mientras intento
precisar lo que me fascinaba de ese muro, que dada mi estatura de la época,
parecía gigante. “Es una forma, bastante decorativa, de recordar el basamento”,
me decía mi padre con cierto desprecio por esa arquitectura. “En las casas
coloniales las columnas de maderas se apuntalaban con grandes piedras que
muchas veces se dejaban a la vista como para señalar la solidez de la casa y de
paso de la familia. Pero como hoy no se construye así, las piedras son sólo
decoración.”
2.
Hace unos meses empecé ha hacer unos dibujos que respondían a una
instrucción simple: hacer manualmente los cálculos necesarios para validar una
hipotética operación de bitcoin. De antemano las probabilidades de que el
número correspondiera a una operación válida eran mínimas. La operación
estaba condenada al fracaso. Pero en realidad mi deseo se reducía a escribir
números, y hacer, a mano largas operaciones aritméticas con números binarios
y hexadecimales.

Claro no niego que en ese procedimiento hay una cierta ironía con relación a los
mecanismos de generación de valor, del trabajo. No niego que haya todo eso.
Pero al mismo tiempo, al hacer los dibujos, me doy cuenta que hay un cierto
plus de goce, una pulsión irracional, en la repetición de números que para un
observador no lleva a ningún lado. Y que en realidad no lleva a ningún lado.
Porque precisamente la generación de valor esta basada en un mecanismo
análogo a ese plus de goce, que no obedece a ninguna necesidad intrínseca.
Varias veces tuve que repetir los dibujos, acomodar una y otra vez los números
y esa labor tediosa me llevó a otros dibujos que estaban abandonados desde
hace años en un cajón. Así que después de una jornada de transcribir números,
pasaba ha hacer líneas. Y la verdad no hay una diferencia entre una u otra
actividad.
3.
La primera vez que entendí el comentario de mi padre sobre los muros de la
casa, lo hice desde la perspectiva de la arquitectura moderna. Entendí que
venía de su formación como arquitecto. Y de una cierta lucha en contra de la
arbitrariedad de la forma. Ahí la necesidad le da a la forma una austeridad que
la justifica. Una especie de respuesta a la premisa de que nada es sin razón
(nihil est sine ratione).
Para mi sin embargo, esa premisa, que siempre me pareció, y me lo sigue
pareciendo, impecable, era muy difícil de sostener. Porque a diferencia de mi
padre yo no construyo nada útil. No hago casas. Ni edificios, ni bodegas, ni
centros comerciales. Hago cosas que tienen mucho más que ver con el obrero
que adosa guijarros a una pared. En últimas hay un grado inevitable de
capricho y arbitrariedad.
4.
Desde hace años guardo una caricatura de Ad Reinhardt. En la primera viñeta
un hombre con traje y sombrero ve una pintura abstracta y se ríe. Dice, “ja ja
ja, y esto, ¿qué representa?”. En la segunda viñeta, a la pintura le aparece una
boca y le responde “y usted, ¿qué representa?”. El hombre se va de espaldas.

5.
En una serie de artículos publicados en los años 70, un antropólogo, Alexander
Marshack se dedicó a desentrañar con evidencia material el momento en el que
los humanos empezaron a hacer imágenes. La evidencia está en las marcas
hechas en huesos. La hipótesis es que esas marcas responden a un impulso
irracional, sin ningún propósito. Pero en algún momento, miradas de cierta
manera, bajo cierta luz, las marcas caprichosas pudieron parecerse a algo. Al
perfil de un animal, por ejemplo. Y en ese momento los humanos cruzan un
umbral. Lo interesante es que resulta imposible determinar con certeza cuando
una marca dice “realmente” algo y cuando es nada.

Bernardo Ortiz